El caucho de repuesto

Weathered spare tire with a wooden rosary inside a vintage vehicle

El domingo esperábamos que llegara el sacerdote a celebrar la misa. La pequeña capilla estaba llena como siempre con personas bastante mayores y con los enfermos que atienden las religiosas de esa casa. El sacerdote está anciano y enfermo y apenas se escucha cuando habla, pero realmente predica con la fuerza del silencio, con su testimonio, une su sacrificio al de Cristo y en su fragilidad presta sus manos a Dios, siempre con una sonrisa dulce con la que bendice.   

Cada domingo, toda la comunidad reza el rosario con devoción por el padrecito mientras lo espera con la incertidumbre de si llegará, o no llegará, y milagrosamente aparece. Siempre el rosario rogando por las vocaciones sacerdotales y religiosas cada día más necesarias. Es un acto heroico como viene el padre cada domingo cuando le traen a celebrar la misa con la fuerza que concede el Señor a los santos.

¡Este domingo esperamos y no apareció el padrecito! Asombrados y angustiados, en su lugar vimos llegar a un sacerdote mucho, pero mucho mayor, muy delgadito, pequeñito, con la piel forrando sus huesos. Nadie en la comunidad le conocía y la religiosa encargada que también es anciana, le preguntó su nombre y él respondió con una voz que no correspondía a su aspecto físico, después añadió: tengo 94 años, como para que no hubiera duda de lo que veían nuestros ojos.

Soy el caucho de repuesto, dijo con orgullo, el padre me ha pedido que venga a sustituirlo porque no quiere dejarlos solos. Era un milagro sin duda, humanamente no parece posible. Entró como si llegaba a su casa ante el asombro de todos, parecía tan frágil que si a alguien se le ocurría soplar se caería como una hojita del árbol. Ayudado por un joven de la comunidad celebró la misa, con una alegría contagiosa alzando los brazos, hizo rejuvenecer a la asamblea diciendo: ¡Canten con fuerza muchachos, recen porque celebramos!  Donde dos o tres están reunidos, allí está Jesús en medio. Y resumió las lecturas diciendo recuerden: hoy, mañana y siempre amar.  

El amor es lo que mueve, hace milagros, da la fuerza, nos hace desgastar por Cristo, nos hace felices con la humildad de los santos ser el caucho de repuesto, ese que está gastado pero que es fundamental y nos hace llegar a casa sanos y salvos.

Con el Rosario rogamos hoy a Dios que nos permita amar hoy, mañana y siempre, para poder desgastarnos por Cristo y ser hasta el final esos cauchos de repuesto que humildemente  hagan al mundo llegar hasta Dios.

PB

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