
El Evangelio nos ofrece una luz potente: la Ascensión del Señor no es abandono, sino presencia renovada. Al ascender, Jesús no se aleja, sino que transforma su cercanía. Desde el cielo, sigue acompañando nuestra historia, pero ahora a través de su Espíritu, que no conoce barreras ni límites.
La Ascensión no es un final, sino el inicio de una nueva etapa en la que Jesús confía su misión a nosotros: ser testigos de su presencia, de su victoria sobre la muerte, sobre el pecado, sobre la mentira.
La Ascensión no nos invita a mirar pasivamente al cielo, sino a vivir activamente en la tierra, con los ojos bien puestos en Jesús y los pies firmes en la realidad. Porque desde el cielo, Él sigue bendiciendo a su pueblo, y desde nuestra realidad, nosotros seguimos construyendo su Reino.
Así, la Ascensión abre nuestra tarea como peregrinos de esperanza: trabajar en la tierra mirando el cielo.
¿A qué nos invita el Evangelio de hoy?
El evangelio de hoy, no nos deja pasivos ni distraídos. Jesús, al elevarse al cielo, no abandona a sus discípulos, sino que los envía.
Y ese envío es también para nosotros hoy: Jesús nos envía a ser testigos suyos en el mundo, también a través de la forma en que comunicamos, compartimos y habitamos. En tiempos marcados por el ruido, la polarización y el desánimo, los cristianos estamos llamados a compartir palabras que edifiquen, gestos que unan y mensajes que inspiren, manifestando así, que su Palabra sigue siendo la mejor noticia de la humanidad.
Comunicar con esperanza es hablar con verdad y caridad, denunciar sin destruir, narrar el bien incluso en medio del dolor. No se trata solo de usar medios digitales, sino de ser “medio” de Dios para llevar la luz donde hay oscuridad.
Actuar como discípulos de Cristo Resucitado es elegir cada día comunicar con amor, sembrando paz y confianza en los demás. Así, nuestra vida se convierte en un testimonio creíble del Evangelio y de la presencia viva de Jesús que sigue obrando en nuestra historia.
La Ascensión es la fiesta del envío comunicador: Jesús Resucitado confía a su Iglesia narrar y testimoniar lo que ha visto y oído. Nuestro mundo herido necesita testigos cuya vida —más que las palabras— proclame con fuerza que Cristo vive. Con la fuerza del Espíritu Santo, hagamos que esta buena noticia siga resonando hasta los confines digitales y culturales de hoy.
Por lo tanto, trabajemos en la tierra con los ojos fijos en el cielo; entonces la esperanza dejará de ser discurso y se volverá historia viva.
Meditemos con especial devoción los Misterios Gloriosos del Santo Rosario para salir a anunciar la Buena Noticia al mundo.
