
En el pequeño hospital de la misión, recibieron a un hombre que tenía su cuerpo paralizado, sólo movía y con mucha dificultad una mano. La rabia lo consumía cada día y desde la cama gritaba y ofendía a todo el que se acercaba para atenderlo.
El pobre hombre, había sido mal hijo, mal hermano, muy mal padre, y siempre amigo de los vicios. Así pasó por el mundo sin amar a nadie. Se quejaba de no ser querido, pero es que cosechó lo que sembró y todos le abandonaron.
Ahora clavado a una cama, cada día era peor, vivía atormentado y atormentando a todos. Sólo con paciencia de santos era posible servirle. Pero Dios tiene sus caminos y no quiere que ninguno de sus hijos se pierda. Un día llegó un joven a visitar a un enfermo muy anciano, que estaba en otra cama de esa sala, y aunque no eran familia, el joven lo trataba como si fuera su abuelo muy amado. Los dos eran misioneros. El joven sabía que la oración de este abuelito era lo que le daba fuerzas para seguir evangelizando cada día.
El joven misionero le agradecía al viejito su ayuda, porque desde su cama, ofreciendo su sufrimiento y rezando el rosario, era muy valioso. En cada visita rezaban juntos y le recordaba, como Cristo clavado en la cruz redimió al mundo, abrió el cielo para nosotros, clavado en la cruz perdonó, clavado en la cruz nos entregó a su madre.
Un día algo comenzó a cambiar y el hombre terrible, pidió a una de las religiosas que le trajera un rosario, lo sostuvo en la mano que apenas podía mover y esperó varios días la visita del misionero, Sucedió que al verlo entrar gritó: ¡JOVEN AYÚDAME! Estoy clavado en esta cama y necesito hacer algo importante. Nunca aproveché el tiempo para hacer nada bueno. ¡Enséñame a rezar!
El terrible enfermo comenzó a entender que Dios se había dejado clavar en la cruz por él y ahora le estaba regalando la gran oportunidad de amar y ser amado. Un día pidió ser bautizado y quiso llamarse Mariano y así clavado en una cama descubrió que su vida tenía sentido.
Cuentan que pasado un tiempo Mariano murió y nadie pudo quitar de su mano el rosario que nunca más soltó. Siempre estuvo María a los pies de su cruz.
EM
