El Misterio de la Presentación

El templo olía a piedra antigua y a promesas viejas. Peregrinos, tenderos, curiosos y transeúntes se amontonaban en las gradas entre empellones y cambalaches. Un aturdidor vocerío se alzaba desde cada rincón del abarrotado atrio. Nada parecía especial: una pareja joven, pobre a la vista; un niño dormido, ajeno al bullicio, envuelto con más cuidado que lujo. Nadie se giró al verlos entrar. Nadie podía sospechar que Dios se abría paso entre las columnas.

María avanzaba despacio. No por cansancio, sino por respeto. Llevaba en brazos al Niño como quien alberga un secreto demasiado grande para susurrarlo siquiera. José caminaba a su lado, silencioso, con las manos curtidas y el corazón atento. Habían adquirido la ofrenda de los pobres: dos tórtolas. Y, con ellas, llevaban también toda su obediencia, toda su confianza, toda su fe.

Entonces apareció Simeón. Tenía los ojos gastados de esperar, pero el alma aún en vilo. Con el tiempo había aprendido que Dios no se hace presente entre tambores y estrépitos, sino  humilde y de puntillas. Al ver al Niño, el corazón le dio un vuelco, y su rostro ajado, surcado de años y de amarguras, se le iluminó con una sonrisa nueva, como la primera carcajada de un recién nacido.

—Ahora, Señor —musitó tembloroso—, puedes dejar a tu siervo irse en paz.

Porque aquel Niño no era solo un niño. Era la Luz. La Salvación. Todo. Era la respuesta a sus muchos anhelos, a sus deseos añejos. 

Ana también lo vio. Ella, que había pasado los años rezando y ayunando, reconoció en ese Pequeño la fidelidad de Dios a todas las promesas. Y habló. Habló mucho. Porque cuando Dios irrumpe, el corazón no sabe callar.

María escuchaba. Guardaba. No entendía del todo. Una espada atravesaría su alma, le dijeron. Pero no preguntó. Sabía que amar a Dios es dejarle hacer, incluso cuando duele.

El templo siguió siendo templo. Las piedras callaron, igual de mudas que siempre. Las columnas no tambalearon ni los cimientos se estremecieron. La multitud entró y salió. Pero aquel día, sin que nadie lo notara, Dios fue presentado a Dios. Y el mundo, sin saberlo, recibió por fin la Luz.

Vanesa Guerrero Juan, rpm
@bornforheaven

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