
La señora Agustina, pequeña en estatura pero gigante en fe viva, era asidua en la vida y culto de la parroquia. Durante los nueve años en que permanecí en dicha parroquia, pude tratarla de cerca y siempre que conversé con ella quedé impresionado por su fervor y conducta personal. Todos la conocían y admiraban su fervor, su forma de ser y de vivir. Su carácter era amable y receptivo.
Vivía en el centro de la ciudad, en una calle muy transitada, situación que la hacía cercana y de fácil acceso a las sectas. Los evangélicos, mormones, testigos de Jehová pasaban por su casa, un día sí y otro también.
Ella no se inmutaba ni ponía mala cara. Los recibía con amor y buen humor. Reflejaba lo que ella vivía y valoraba. Aunque no tenía estudios ni preparación para estos encuentros tenía una técnica, simple, sencilla pero eficaz. Tan pronto como abría la puerta, les sonreía muy amistosamente pero se adelantaba a ellos. Empezaba por desarmarles ¿ Cómo ? Les decía : ¡ Qué bueno que han llegado en estos momentos, en los que iba a rezar el santo rosario ! Pasen con toda confianza y así podemos orar juntos.
Los que venían a mentalizar y engañar quedaban desconcertados. Sorprendidos, impactados, quedaban desarmados, sin saber cómo reaccionar. Esta respuesta no estaba incluida en los manuales de la organización , y si estaba ellos sabían muy bien que rompía todos sus planes por lo que había que descartarla.
Tan pronto como oyeron la sabia e inteligente respuesta de la anciana se daban la media vuelta y marchaban a tocar otra puerta. Esta «técnica» la usaba con cuantos tocaban la puerta. Siempre era la misma y nunca fallaba.
J. Luis Alonso OAR
