Zapatos morados

En un pueblecito muy lejano, todos iban descalzos. Lo importante era que realmente vivían con los pies en la tierra y el corazón en el cielo.

Eran sencillamente bellos, especialmente a los ojos del artista que los amaba profundamente y reflejaba en sus cuadros lo que descubría en cada uno.

Había una niña que, aunque era preciosa, no quedaba bien al pintarla. Se llamaba Margarita, su padre la llamaba Marga por cariño, pero en el pueblo la conocían como Amarga porque vivía amargada, sólo pensando en tener zapatos y así fue como sus padres decidieron vender lo que tenían, y arriesgarlo todo en un peligroso y lejano viaje, para comprarle los zapatos, pero no cualquier par, ella los quería de tacón muy alto y fino, de color amarillo oro brillante y cuero finísimo.

Le dieron el capricho y recibió sus zapatos soñados; al ponérselos salió a lucirlos por el pueblo, pero como las calles eran de tierra, los tacones de aguja se clavaban y la pobre caminaba como borracha sin equilibrio, provocando la risa de todos. Así que dijo que ese lugar era poca cosa para ella y que se quedaría en casa contemplando sus zapatos. Y decidió no quitárselos nunca para no perderlos, pero su pie siguió creciendo y ella se negó a caminar para no dañarlos. Ya nada se pudo hacer cuando con el tiempo los pies le quedaron desproporcionados con su estatura, no podían sostenerla y aunque quisiera no podía caminar porque había perdido la fuerza de sus músculos por falta de ejercicio.

Todos en el pueblo necesitaban zapatos, sus pies estaban muy lastimados, pero el artista decía y repetía que esperaran los zapatos morados que llegarían si sabían ver las maravillas de cada día sin dejar que nada les robara la alegría.

Les enseñaba con paciencia y mucha sabiduría. Cuando quisieron tener las luces titilantes de los otros pueblos, él los llevó a ver las estrellas, les enseñó a contemplar las luces y el brillo que producía el rocío de la mañana en las hojas de los árboles, les enseñó a cantar y bailar con las aves y la brisa y la vida se volvió una gran fiesta.   

Así llegó el momento esperado, una mañana apareció alguien muy particular en el pueblo, un hombre que era como un ángel, que venía cargado de infinidad de zapatos morados. Repartía y alcanzaba para todos, nadie sabe cómo, pero a todos les calzaba perfecto el tamaño, como un guante para cada pie. Las tonalidades y diseños eran perfectos y cambiaban para cada uno, a los más pequeñitos de un morado clarito y así más oscuro para los jóvenes y adultos hasta llegar a los abuelitos que, aunque tenían los pies muy gruesos y toscos con callos por tantos años de heridas y espinas, recibían delicados zapatos de color morado nazareno brillante.

La madre de la joven corrió gritando: levántate Margarita, recibe los zapatos morados, no te quedes sin ellos, nadie puede recibirlos por ti. Y despectivamente preguntó la joven: ¿Zapatos Morados? Imposible, ni me muevo, ese color no combina con mi estilo, es un color tan secundario…  

A pesar de eso una comisión del pueblo insistió y le rogó al mensajero de los zapatos morados que por favor esperara, que la convencerían, pero el tiempo se acababa y el artista hizo su mejor esfuerzo y le explicó la necesidad de descubrir lo que es realmente importante, el morado representaba el sacrificio, la paciencia y el esfuerzo que se necesita para lograr las metas, haciendo todo con alegría, viviendo con esperanza.

Confiando en que nunca nos faltará el regalo de la gracia de Dios si estamos dispuestos a recibirla, porque sus dones están hechos a la medida de cada uno. Que los zapatos morados de Dios nos hacen caminar hacia el cielo, a soñar en grande sin detenernos sin cansarnos de hacer el bien.  Ya antes de irse dijo el artista: el color morado lleva rojo sangre y azul cielo que combinado pinta la gloria.

NOTA: Los misioneros son artistas porque ven el mundo con los ojos de Dios. El artista de esta historia es un misionero que invirtió su vida en aquel pueblecito perdido en el mapa y cuando cumplió su misión regresó a la patria eterna con el ángel de los zapatos morados. Los zapatos de esta historia fueron enviados por unos niños de la Infancia Misionera y tardaron en llegar porque los compraron con sus ahorros y sacrificio; ellos aseguran que enviaron sólo siete pares de zapatos, pero Dios hizo el milagro. No sabemos si Margarita, aquella florecita que Dios había creado con tanta delicadeza, aceptó los zapatos de la gracia o se quedó contemplándose a si misma.

Ina O.P.

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