
Sucedió esto que les cuento, en el lugar del planeta con las más impresionantes, costosas y más variadas telas. Telas de sedas naturales, hilos de oro, y todo lo que se puede imaginar, hasta los tejidos más sencillos y comunes. El dueño del lugar de esta historia, se esmeraba en ofrecer siempre lo mejor a todo el que lo buscara. Había mucho tiempo invertido, gran esfuerzo y amor para producir estas maravillas. Los grandes expertos, sastres, diseñadores, modistas y costureras del mundo, valoraban y quedaban admirados ante tanta belleza, y les volaba la imaginación soñando lo que podrían hacer con estas telas. Cada uno descubría un tesoro en aquel lugar y venían de todas partes y crecía la fama a cada instante.
Ante tanto halago, algunas telas cayeron en la tentación… comenzaron a llenarse de soberbia y se sintieron demasiado perfectas, se olvidaron que eran el resultado del trabajo del creador. Se dedicaban todo el día a dejarse admirar y alabar y querían que el dueño les diera trato preferencial. Su soberbia les hizo despreciar y burlarse de las telas más sencillas que eran felices en las manos de los que las llevaban para transformarlas en miles de cosas útiles, bellas y buenas.
El colmo de las telas que cayeron en la tentación, fue que formaron un sindicato defensor de las telas ante las máquinas de coser, afirmando que no aceptarían ser cosidas ni siquiera a mano. Al propio dueñe le gritaron: no tienes derecho sobre nosotras, ninguna tijera nos cortará, ninguna aguja, por más fina que sea nos atravesará.
El dueño con infinita paciencia, un día y otro día, trató de advertirles de su error, pero no logró convencerlas, y la situación se fue agravando porque se generó conflicto con las otras telas, con los hilos, con las tijeras y las agujas. El lugar se volvió un auténtico desastre.
Cuando el hilo se ofreció de mediador en el conflicto, le despreciaron sin escucharlo y quedó desconcertado y triste porque él era parte de ellas, sin hilo no habría tela. A las tijeras y las agujas les entró un ataque de pánico por pensar que perderían su trabajo y las telas de forro y los retazos cayeron en depresión aguda por sentirse poca cosa. La tela blanca de algodón se sintió agobiada y empezó a envidiar los colores y diseños de las otras. La tela de lana se volvió insegura de si misma y pensó que ya nadie la querría por dar tanto calor. Las delgadas envidiaron el grosor de las gruesas.
En fin… La tentación atacó a todos, a cada uno le tocó algo: soberbia, miedo, desesperanza, envidia, inseguridad, desconfianza. La lucha del poder y tener y ser más que los demás, amenazaron con destruir todo aquel paraíso de belleza. Así el dueño misericordioso, siempre paciente, dijo que les regalaría 40 días, una oportunidad para reflexionar, perdonar y corregir todo lo malo.
Al cabo de los 40 días muchos lograron reflexionar y salir fortalecidos al vencer la tentación. Los retazos deprimidos sanaron uniéndose y la máquina de coser los transformó en grandes telas multicolores. Las telas de forro descubrieron el valor de lo que no se ve, pero que es muy importante. La tela blanca apreció lo que significa la blancura y la pureza. Cada uno fue encontrando su lugar, su potencial y su valor.
Tristemente las telas rebeldes no aprovecharon la oportunidad y decidieron no cambiar porque la soberbia se había apoderado de ellas y no quisieron buscar ayuda para corregir los errores. El dueño no las botó porque las amaba, y cumpliendo su petición, las dejó en un lugar exclusivo para ellas. Allí los visitantes las miraban, admiraban su belleza, pasaban su mano para sentir su textura y así pasaron su existencia viviendo sin vivir, como adornos que se fueron desgastando y manchando con el tiempo. Ya no servían para lo que habían sido creadas. Atrapadas, infelices, amargadas, unas pobres telas sin sentido.
Las otras telas que se dejaron cortar y coser se transformaron en obras de arte en manos de los expertos. A veces no era nada fácil aceptar el dolor de dejarse atravesar por una aguja, pero no era nada comparado con la felicidad de dejar que el hilo las fuera elevando, que cada puntada las fuera transformando, descubrir para qué habían sido creadas. Disfrutar que podían ser muy útiles y vestir a tanta gente, abrigar, cobijar y proteger.
Hay que cuidarse de la “tentación de la tela”, cuidarse de la soberbia, para no destruir el maravilloso plan de Dios en nuestra vida. Todo lo hemos recibido de Dios, vida, inteligencia, talentos, todo es un regalo para ponerlo al servicio de los demás, no es para enterrarlo. Vivir sin amar para huir del sufrimiento, no tiene sentido. Sólo con humildad podemos cortar lo malo, quitar lo que nos aleja de Dios. Las puntadas de amor de Dios, a veces duelen, pero nos elevan al cielo y transforman nuestra alma si sabemos aceptarlas.
Cuando la tentación te engañe diciéndote que eres poca cosa, recuerda el privilegio de la humilde tela que envolvió al niño Jesús cuando nació, recuerda la firme tela que envolvió su cuerpo en el sepulcro, recuerda el suave manto de María que te cubre para defender tu fe y ayudarte a vencer las tentaciones. Toma el rosario en tu mano y repite con devoción la oración del Padrenuestro… No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.
Esta cuaresma anímate a cambiar, no frustres el plan de Dios, viste de amor al mundo.
Ina O.P.
