
Han pasado un buen número de años y la sigo recordando con afecto y admiración.
Esta anciana vivía un tanto lejos de la iglesia parroquial y, sin embargo, era asidua a la Eucaristía. Tenía que subir una cuesta empinada y cuando llovía era un obstáculo para ascender y poder llegar al templo. Era pobre y la acompañaba un hijo. Su casa era de adobe y carecía de las comodidades más elementales. Ella mostraba un rostro risueño y feliz, reflejo de su fe viva, de su gran fervor.
Cada vez que podía se acercaba a la casa parroquial para compartir algo, un detalle de su generosidad. Daba de lo que ella era, de lo que ella tenía. Me acuerdo, con emoción, asombro y emoción de un gesto que tuvo conmigo. Sabiendo que iba a viajar a visitar a mi familia en España, ella vino y sacando su cartera, más grande en tamaño que en contenido, sacó un billete de gran valor y me lo dió con toda sencillez. Alargué la mano y recogiendo el billete me lo
coloqué en el pecho, en mi corazón, al tiempo que le decía: «Jovita, este billete me lo llevo en mi corazón, como un detalle de su gran corazón y de su increíble generosidad, y se lo agradezco muy de veras».
Se lo devolví, sabiendo que ella lo necesitaba. Me lo volvió a entregar. Le rogué con mucho cariño que lo recogiera. Una y otra vez estuvimos dándonos y devolviendonos aquel valioso billete. Pero me tuve que rendir y aceptar su generosidad. Aquella anciana quería demostrarme su aprecio y como veía que me resistía empezó a llorar.
Su amor y generosidad ganaron la pelea. Aquel billete hablaba mejor que todos los discursos. ¿Era un reflejo de la mujer que, aparece en el evangelio, y depositó todo lo que tenía y mereció el elogio más hermoso de Jesús ?
Un día, en el templo parroquial, la ví orar de rodillas. Estaba tan sumergida en Dios que más que una mujer parecía un verdadero ángel. Aquella escena me ha acompañado en todos mis años de vida sacerdotal.
Como correspondencia a su testimonio personal de verdadera cristiana, de su bondad y generosidad hacia mi persona, la asocio a mi ministerio, en cada Eucaristía para que sea DIOS-TRINIDAD el que la premie eternamente como sólo Él sabe hacer.
Padre J. Luis Alonso OAR
