
Confieso que durante mucho tiempo supliqué al Señor así: Dios mío, si le conviene haz que mi mamá pueda oír un poquito, aunque sea solamente en el momento de la misa, o que pueda ver más, para leer y escribir de tu Palabra, tú sabes Jesús, cuánto desea oír hablar de ti al sacerdote.
A pesar de mi oración insistente, cada día era mucho menor su vista y su oído. Su cuerpo frágil se consumía como una velita que se desgastaba por Dios. Un día la abracé muy triste y le dije cuánto rogaba que recuperara un poco la vista y el oído y me respondió: mis sentidos se apagaron, pero Dios está conmigo y se deja ver y oír con más fuerza que nunca en mi alma. No cambiaría esto que siento por nada, es un gran regalo de Dios poder ofrecerle todo con alegría, ya lo veré directamente, oiré su voz y me abrazaré a Él y no lo soltaré jamás.
Cuando mi mamá se fue al cielo, experimenté con fuerza, que Jesús siempre quiere darnos algo mejor y por eso aceptó todo lo que ella le ofrecía con tanta fe, para concederle que se durmiera en paz sonriendo, sostenida por el amor, en brazos de Jesús de la Misericordia, para regalarle así la perfecta visión de Dios en el cielo, disfrutando su palabra de vida, en un feliz abrazo eterno. Le regaló lo que ella siempre deseó.
Ina O.P.
